Higuera de la Finca Les Muralles


CARACTERÍSTICAS

La higuera es un árbol caducifolio de corteza lisa y grisácea. Tiene la copa densa, redondeada y frecuentemente muy ramificada. Las hojas son muy características: palmadas y grandes, peludas y ásperas, de color verde oscuro en el haz y coriáceas y más pálidas en el reverso.
Cultivada desde tiempos antiguos, la higuera se asilvestra con facilidad en terrenos secos y soleados con suelos húmedos y profundos. Las partes verdes del árbol contienen látex, sustancia que se vuelve espesa en contacto con el aire y que puede producir reacciones alérgicas de carácter leve si entra en contacto con la piel.

Usos

Antiguamente, el látex de la higuera se utilizaba para cuajar la leche, combatir la caries dental y tratar las verrugas.

CURIOSIDAD

La higuera fue una de las primeras plantas cultivadas por el hombre, incluso antes que el trigo, la cebada o las legumbres.

Higuera de la Finca Les Muralles

Goza de una excelente salud. Se mantiene en este lugar desde hace muchos años, quizás por la sombra que produce su denso follaje en los meses cálidos del año, o bien por sus frutos. La corteza presenta pocas estrías, y en el tronco se conservan las cicatrices de las ramas cortadas tiempo atrás.
La finca recibe su nombre de la muralla exterior de Poblet que delimita la viña, que gestiona la empresa Torres. Cerca de la higuera se encuentra la Granja Mitjana, originaria de la época romana y lugar donde se instalaron los monjes que, en el siglo XII, llegaron a la zona para fundar el monasterio de Poblet.

Perímetro del tronco a 1.30 m 4.72 m
Perímetro en la base del tronco 6.58 m
Altura 8.50 m
Anchura de la copa 13.20 m

Situación:

Coordenadas GPS  del aparcamiento:
X, Y: 339403, 4582684 (Aparcament del Monestir de Poblet)
Lon, Lat: 1º4’45.9190”, 41º22’46.7722”

Coordenadas GPS del árbol: 
X, Y: 338963, 4582709

Acceso a pie:

 

COMO UNA REINA

Yo soy un árbol mediterráneo. ¡Qué gran regalo! Los vecinos de arriba que tanto aprecian nuestras playas, poco saben dónde reside la esencia del Mediterráneo. Y vosotros ¿lo sabéis? Cuenta la sabiduría popular que el Mediterráneo desaparece donde no crece una higuera y no brama el borrico. Por eso, todo lo que se cuenta de mí tiene como escenario las tierras que rodean dicho mar.
Para empezar, soy el primer árbol con nombre propio que se menciona en la Biblia -el otro, el árbol de la vida, ya sabéis que tiene un nombre abstracto y espiritual- y ya se me otorga una utilidad: mis hojas son las encargadas de tapar las vergüenzas de Adán y Eva expulsados del paraíso. Después de eso viví un tiempo -y no sabría decir cuánto- en el anonimato, pero pronto los griegos me rescataron. Griegos, romanos y muchos otros pueblos del Mediterráneo me consideraron símbolo de fecundidad, de fertilidad y también de hospitalidad. Ello explica que siempre estuviera presente en las entradas de los pueblos y de muchas casas.
Más adelante, caí en desgracia porque Jesús me maldijo. No a mí particularmente, sino a una antepasada mía, pero ¡cómo pesa la conciencia colectiva en mi especie! ¡casi tanto como en la vuestra! Se ve que Jesucristo, acalorado de tanto andar por el desierto, tenía sed y vio una higuera. Se acercó para saciarse con los higos y al comprobar que no había ninguno, se enojó tanto que la maldijo. Después sólo faltó que Judas se colgara de una higuera. Seguramente, por eso dicen que los cristianos no nos quieren demasiado.

Sólo es un rumor. Doy fe de que, a coger mis frutos, los higos, cuando están en su punto, acuden todos, cristianos y paganos.
Yo, a diferencia de mis compañeros, siempre lamentándose de su soledad, sola vivo como una reina: en medio del sembrado, en un margen, entre las grietas de una roca, en la punta de un bosque espeso, o como aquí mismo, en medio de un viñedo. ¿Qué más puedo pedir que levantarme imponente por encima de estas cepas, ensanchando la vista y divisando el horizonte?
Sólo hay algo que supera mi aceptada soledad y es, ¡oh paradoja! la compañía. Pero no me refiero a la compañía de otros árboles, no. A mí me gusta vuestra compañía, la de los hombres, las mujeres y los niños. Yo no necesito ni abonos ni fertilizantes. Poca agua y mucho sol y, eso sí, familias, familias enteras a la sombra de mi copa, charlando y discutiendo, alboroto de niños persiguiéndose y haciéndole cosquillas a mi tronco, el aroma de sus platos a la hora de la comida, verlos dormir plácidamente la siesta... Este es mi mejor revitalizante, las familias a mi lado. De vez en cuando una dosis de familias y siempre me encontraréis con las hojas verdes y frescas y los higos dulces y jugosos. Ya lo sabéis, siempre que veáis una higuera, acercaros a ella sin miedo; vosotros y ella saldréis beneficiados. Y también, que venga Jesucristo y lo vea, que, por un tropiezo con una higuera, no lo vamos a pagar todos ¿verdad?

 
 
Teresa Duch, Escritora